
Desde hace un tiempo, las empresas enfrentan diversas presiones tanto por parte de sus clientes, como de reguladores y otros grupos de interés, para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y reportar al respecto. Las empresas están haciendo este gran esfuerzo, pero no están solas, los gobiernos y el sector financiero están realizando esfuerzos similares para lograr objetivos importantes de reducciones.
En el acuerdo de Paris los países se comprometieron a limitar el calentamiento global a 1.5°C arriba de los niveles preindustriales, para lograrlo, las emisiones de GEI deben llegar a cero neto entre 2050 y 2060, sólo así podremos minimizar los riesgos de las consecuencias del calentamiento global. Las empresas también están estableciendo objetivos netos cero reconociendo la necesidad de tomar medidas urgentes para combatir el cambio climático alineando sus esfuerzos hacia este objetivo crítico[1].
En la Conferencia de las Partes COP 26 en Glasgow[2] el sector financiero tomó un papel más relevante en el escenario de las soluciones climáticas. Quizá debido a que los gobiernos no podían alcanzar un acuerdo en 25 años que llevaban reuniéndose anualmente, o quizá porque desde la publicación del Reporte Stern en 2006 se vislumbraba que las soluciones al cambio climático podrían provenir del sector privado.
Así fue como surgió la Net Zero Banking Alliance (NZBA), una iniciativa que busca apoyar al sector financiero con los esfuerzos globales para lograr emisiones netas de gases de efecto invernadero cero para 2050. Los bancos miembros se comprometen a alinear sus carteras de crédito a emisiones netas cero para 2050 o antes. Estableciendo objetivos parciales para 2030 para sectores prioritarios y comprometiéndose a informar su progreso anualmente. Banorte es el único banco mexicano que ha firmado el compromiso hasta este momento y reporta anualmente su avance.
Para la banca la reducción de sus propias emisiones no es un reto tan complicado ya que no es una industria contaminante, pueden reducir fácilmente sus emisiones que se deben principalmente a la operación de sus oficinas (sucursales) y servidores. El mayor reto está en su cartera, que son sus emisiones alcance 3, es decir, que no dependen de su operación directamente, sino de la de sus clientes.
La banca enfrenta así una disyuntiva, dejar de financiar sectores con altas emisiones perdiendo esa cartera, y los ingresos que ésta representa y concentrarse en financiar sectores más limpios, o ayudar a sus clientes a reducir emisiones, al mismo tiempo que empieza a financiar oportunidades de cambio o de sectores más limpios.
Medir y reportar las emisiones en carteras es muy complejo, para ello existen herramientas como el Partnerships for Carbon Accounting Financials (PCAF)[3] que nos brindan indicies de emisiones por sectores, es decir índices de emisiones por dólar financiado, pero sigue siendo un desafío importante para muchos bancos. Por varias razones, no es fácil para la banca conocer a fondo el destino de los fondos que presta, tampoco conocer sobre las operaciones de cada empresa cliente del banco y mucho menos poder uniformar emisiones por peso (o dólar) financiado. Adicionalmente estas emisiones han sido calculadas para economías desarrolladas, en países con otro tipo de economías como el nuestro es necesario adaptar estos índices.
Hay mucho que seguir aprendiendo y desarrollando, lo que es seguro es que el talento del sector financiero tiene que aprender mucho de sostenibilidad.
[1] https://www.wri.org/insights/net-zero-ghg-emissions-questions-answered
[2] https://www.un.org/es/climatechange/cop26
[3] https://carbonaccountingfinancials.com/en/standard